LA VISIÓN CALEIDOSCÓPICA DE LA MIRADA FEMENINA, TERCERA PARTE

LA VISIÓN CALEIDOSCÓPICA DE LA MIRADA FEMENINA, TERCERA PARTE

Escrito por Heikan

“La maternidad será deseada o no será” es una de las muchas consignas que ha agarrado fuerza en las recientes demostraciones del movimiento feminista en México. La intención de este pronunciamiento es el de reafirmar la autonomía de las mujeres durante el embarazo y el de garantizar sus derechos reproductivos.

Más allá de la validez que existe detrás de esta postura, así como de los demás argumentos históricos, biológicos y culturales que avalan el derecho de las mujeres a decidir concluir o no su embarazo, existe una verdad oculta en esa consigna y que tiene más que ver con la decisión personal de cada mujer sobre si la maternidad es realmente parte de su proyecto de vida.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, con la aparición de la famosa píldora, así como la divulgación de la educación sexual y comercialización masiva de demás métodos anticonceptivos, los propósitos y objetivos de la sexualidad femenina fueron explorados a través de un nuevo enfoque, tanto en el ámbito científico (y con la creciente presencia de más y más mujeres en diversos campos de estudio) así como en el ámbito artístico.

Tradicionalmente, la función narrativa de la sexualidad femenina era el de incitar el deseo del protagonista, lo que nos lleva, como conclusión natural de esta relación, a la unión conyugal de ambos personajes, con la debida procreación de una nueva familia. Esto implica que, en una narrativa tradicional, los roles femeninos más importantes con los que interactúa un protagonista promedio son o su madre o su interés romántico.

Todo esto genera toda una serie de cuestiones y, siendo francos, problemas en cuanto a la representación visual de roles sociales desempeñados por mujeres en la gran pantalla. Y en cualquier medio narrativo, también siendo honestos. Pero de momento me voy a enfocar en las expectativas sociales que ha generado esta representación visual de la maternidad en el cine.

Una de las escenas más celebradas de la reciente cinta de Noah Baumbauch, Historia de un matrimonio (Marriage Story, 2019), y que seguramente le valió el Óscar a Laura Dern, es aquella en la que su personaje, una abogada especializada en divorcios, le dice a la protagonista, interpretada por Scarlett Johansson, que ella, a diferencia de su esposo, no puede mostrar ningún defecto durante el juicio en el que se defina la custodia del hijo de ambos.

“La gente no acepta madres que toman mucho vino o que le gritan a su hijo y le dicen “pendejo”… Podemos aceptar un padre imperfecto. Aceptémoslo la idea de los padres perfectos no tiene ni más de 30 años. Antes de eso se esperaba que los padres fueran callados, ausentes, inconstantes y egoístas… Los amamos por sus fallas, pero lo gente absolutamente no acepta las mismas fallas en una madre. No lo aceptamos estructural ni espiritualmente.”

Se puede especular mucho sobre el origen de este desbalance entre las expectativas que la sociedad alberga sobre la maternidad y la paternidad. La abogada incluso sugiere que esto proviene de la imagen que todos tienen de María, la madre de Jesús: una virgen que logra dar a luz y sostener a un hijo, literalmente, hasta su muerte. Las madres siempre son juzgadas bajo un estándar más elevado, por lo que la menor falla o el menor desliz en su personalidad, casi siempre tiende a revelar algún detalle oculto y oscuro de su personaje.

Hago esta aclaración porque en la gran mayoría de las películas, cuando una madre no funge su rol con una perfección imposible de lograr en la vida real, sus defectos tienden a ser aspectos importantes de su personaje y que llegan a ser elementos detonadores dentro de la trama. Está la madre ausente y workaholic que, al final, “aprende” que su crecimiento profesional es menos importante que su maternidad; está la madre adicta y/o alcohólica del protagonista, cuya niñez trágica terminó por forjar su carácter; y en el otro extremo, está la madre sobreprotectora, de la cual el hijo debe escapar para poder salir a la aventura. En otras palabras, o la madre es perfecta o es un obstáculo que el/la protagonista debe afrontar.

Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) es una película que no sólo logra salir de este molde, sino que también plantea varias preguntas difíciles e incómodas acerca del desempeño de la maternidad.

A grandes rasgos, la película cuenta la historia de Eva Khatchadourian, una escritora que debe lidiar con un niño que, a todas luces, la odia: su hijo Kevin. La animosidad que le dirige Kevin a su madre se extiende desde la primera infancia hasta la adolescencia. Y a esto, se agregan otros detalles de la personalidad de Kevin, que Eva considera preocupantes, pero que su esposo reiteradamente desdeña. Esto culmina en un acto de violencia, perpetrado por Kevin, que cobra las vidas de su padre, su hermana menor y varios estudiantes de la escuela a la que él atendía.

El filósofo Slavoj Zizek dijo que, para poder apreciar y analizar a profundidad una película de horror, debemos sustraer el elemento de horror dentro de la historia y ver cómo ésta sigue funcionando. Si omitimos el violento desenlace de la película, tenemos una historia que aun así puede resonar, particularmente para las madres, como “terrorífica”. A final de cuentas, una de las verdades más difíciles de afrontar sobre la maternidad es que, una vez que salen del vientre y dejan el seno materno, los hijos nunca volverán a ser, como en esa primera totalidad, parte de la madre. Y peor aún, tienen el libre albedrío para convertirse en los mejores héroes o en los peores monstruos que puedan llegar a ser.

Con esta película, la directora Lynne Ramsay explora un lado rara vez contado en las historias sobre tragedias perpetradas por personas: el de la madre del villano. Normalmente vemos, o la perspectiva de las víctimas o la retorcida visión de las personas que cometen las atrocidades. Y es interesante porque, y sobre todo en nuestro idioma, cuando nos referimos a aquellos que realizaron algún crimen nefasto, tendemos a hacer alusiones veladas hacia sus madres: son hijos de puta, de la chingada, no tienen madre o si la tienen, los mandamos a que se la chinguen.

Nos es fácil y conveniente ignorar que esas madres deben afrontar el hecho de que ellas literalmente trajeron al mundo a una persona que causó mucho sufrimiento.  El triunfo de esta película radica en que, tanto su directora como Tilda Swinton, la actriz que interpreta a Eva, logran crear un personaje capaz de conciliar esa terrible realidad con una resolución que, mientras que en cualquier otra historia sería una obligación, aquí se vuelve una decisión personal: amar a su hijo.

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