PAYASOS (Y) DICTADORES

PAYASOS (Y) DICTADORES

Escrito por Heikan

Entrando la década de los setentas, Jerry Lewis ya tenía una carrera consagrada en la industria del entretenimiento. Durante diez años hizo una serie de películas, shows musicales y un programa de televisión con Dean Martin (quien junto con Frank Sinatra, Sammy Davis Jr. y otros conformaron el célebre Rat Pack). Después se dedicó a escribir, dirigir y estelarizar cintas que se han vuelto en clásicos de la comedia, como El Botones (The Bellboy, 1960) y El Profesor Chiflado (The Nutty Professor, 1963). Para 1972, él ya era considerado El Rey de la Comedia. Ése mismo año comenzó la producción de una película muy diferente a las comedias que él solía hacer, aunque el protagonista que iba a interpretar desempeñaba el oficio cómico por excelencia: un payaso.

El día que el payaso lloró (The Day the Clown Cried, 1972) nunca ha sido exhibida al público. Supuestamente existe un corte final de la película en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, pero está estipulado que no deberá ser proyectada antes de Junio de 2024. En un inicio, cuando concluyó la etapa de producción, surgieron problemas financieros y legales con los productores, lo cual retrasó la distribución de la cinta. Pero conforme pasaron los años, entrevista tras entrevista, Jerry Lewis declaró que estaba avergonzado de la película y que, si por él fuera, nadie jamás la vería.

Desafortunadamente no podemos saber si tiene razón en condenar la cinta de esa forma, pero conocer la premisa nos da una clara idea de cuáles eran sus motivos. La película cuenta la historia de un payaso de circo venido a menos, que es arrestado por la Gestapo y recluido en un campo de concentración. Ahí, los oficiales del campo deciden usar sus habilidades para entretener a niños judíos y guiarlos, como la versión más macabra del flautista de Hamelín, a las cámaras de gas.

La idea de ver los horrores del nazismo a través de un enfoque cómico y satírico precede incluso la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Charlie Chaplin lo hizo en 1940 con El Gran Dictador (The Great Dictator, 1940) y su tratamiento sobre el fanatismo, la persecución del otro y el triunfo de la compasión sobre el odio, sigue siendo celebrado a la fecha. No obstante, él llegó a declarar que, de haber conocido las atrocidades que se cometían dentro de los campos de concentración, probablemente no habría hecho la película.

Por otro lado, un realizador judío (que incluso participó en el conflicto bélico), escribió y dirigió en 1967 una de las mejores sátiras que se han hecho sobre la máquina de propaganda nazi: Los Productores (The Producers, 1967). Este director, Mel Brooks, ya tenía pleno conocimiento del Holocausto, pero eso no lo detuvo al momento de realizar esta obra, la cual incluye el escandaloso y genial número musical “Primavera para Hitler”.

Ya en la década de los noventas, cuando La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) había vuelto a poner a la Shoah en boca de todos, Roberto Benigni realizó La vida es bella (La Vita è Bella, 1997), una tragicomedia sobre un padre que, a través de juegos y engaños, logra evitar que su hijo conozca la cruel realidad del internamiento en los campos.

El ejemplo más reciente es la ahora ganadora del Oscar a Mejor Guión Adaptado: Jojo Rabbit (2019) de Taika Waititi, sobre la ambivalente relación entre un niño miembro de las Juventudes Hitlerianas y una niña judía que se esconde en su casa.

(Como no es la intención de esta columna, no ahondaré en ello, pero bien valdría la pena ahondar en las motivaciones que llevan a estos artistas: Chaplin, Lewis, Benigni y Waititi, quienes no sólo escriben y dirigen sino también estelarizan sus obras, a abordar estos delicados temas.)

Cuando Viktor Frankl publicó en 1946 su libro El hombre en busca de sentido, el público recibió con agrado la tesis planteada en su texto. Frankl, un sobreviviente de los campos de exterminio, argumentaba que la necesidad de un objetivo individual es primordial para la supervivencia en situaciones de internamiento forzado, y que la actitud de los reclusos tenía un efecto directo en su longevidad dentro de los campos. Sin embargo, la implicación indirecta de esta propuesta es que los judíos que murieron fueron, en parte, responsables de su destino puesto que no tuvieron la suficiente actitud positiva para sobrellevar los horrores cotidianos del Holocausto.

Revisiones y análisis posteriores a la obra de Frankl, así como detalles perturbadores sobre su supuesta colaboración con el aparato nazi, han opacado su teoría de la logoterapia, la cual sostiene que el motor principal que guía la voluntad de las personas es su búsqueda de sentido y significado de la vida.

Y esto resuena mucho con los comentarios negativos que cineastas como Michael Haneke, Jean Luc Godard y Claude Lanzmann han realizado sobre las cintas hollywoodenses que retratan el Holocausto. Lanzmann, quien dirigió uno de los documentales más reconocidos sobre este tema: Shoah (1985), llegó a declarar que, como la ficción es transgresión, debería haber una prohibición en las ficciones narrativas del Holocausto. El punto en el que, más o menos, coinciden estos realizadores es que resulta simplista y problemático buscar una resolución catártica en este tipo de historias. Dicho de otro modo, ¿cómo podemos, como audiencia, aceptar un final feliz cuando, fuera del encuadre, hay millones de cadáveres?

Pero el detalle está en que hubo historias de supervivencia en esos campos; hubo ejemplos de decencia y respeto a la dignidad humana dentro de las filas de los nazis, y negar estas historias y condenarlas al olvido tiene implicaciones igual de negativas que el de endulzarlas para un consumo zalamero y poco crítico.

La comedia siempre ha sido un arma de doble filo, puesto que tanto tiene cualidades terapéuticas, también tiene la capacidad de abrir viejas heridas. Y tampoco podemos depender de las buenas intenciones que tenga el director, ya que una puesta en escena poco cuidada puede generar un impacto adverso, tanto en el recibimiento emocional de la historia como en el mensaje racional del discurso visual. Claro que habrá disonancia cognitiva entre la naturaleza del tema y la respuesta emocional que espera generar la película, pero la responsabilidad de los realizadores es conciliar esta disonancia.

Buscar sentido y humor en uno de los episodios más oscuros de la Historia es un ejercicio que generará resultados diversos y reacciones polarizadas, y no sabía si cerrar la columna con un argumento sobre la necesidad de este ejercicio como terapia colectiva, porque sinceramente es la clase de respuestas sencillas que estas películas deberían evitar, así que mejor destacaré la inevitabilidad de este tipo de narrativas, ya que nuestra capacidad de reír ante el horror es una de las cualidades más humanas que tenemos.

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